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El Arte de luchar contra el estado

Se ha dicho que la historia de los pueblos que poseen una historia es la historia de la lucha de clases. Podria decirse, al menos con tanta verdad, que la historia de los pueblos sin historia es la historia de su lucha contra el estado.

Pierre Clastres

La zona coloreada del mapa es “Zomia”, un término acuñado por el historiador holandés Willem van Schendel en 2002 para designar la vasta y no demasiado conocida área geográfica del sureste asiático donde sobreviven muchas de las últimas sociedades sin estado del planeta. El área abarca hasta 2.5 millones de kilómetros cuadrados entre Chinia, India y Bangladesh donde habitarían unas 80 millones de personas pertenecientes a cientas de etnias diferentes, viviendo a una altitud entre 200 y 4.000 metros. Zomia (“Gente de las montañas”) no designa una identidad política, sino un continuo de pueblos montañeses que comparten sistemas de oragnizacion social y ecológica en contraste sistemático con el tipo de organización basado en el estado y la agricultura sedentaria, característico de los valles asiáticos administrados por el estado.

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James C. Scott, profesor de historia política y antropología, y director del Programa de Estudios Agrarios en Yale, ha recogido el estudio de estos pueblos “cuya historia consiste en no tener historia” (Fernand Braudel) en The Art of Not Being Governed: An Anarchist History of Upland Southeast Asia. Una reseña reciente ha aparecido en la revista Science.

Si hoy en día el anarquismo apenas es una anécdota romántica en los países occidentales, estos pueblos representan una forma de organización social realmente “alternativa” a la hegemonía del capitalismo y el estado moderno. La versión de Scott, un apreciable sucesor de Pierre Clastres (el clásico autor de La sociedad contra el estado), socava la narrativa típica “del punto de vista del valle”, de la “civilización”, ya señalada por Ernest Geller, al poner de relieve la incesante relación dialécica que existiría entre las gentes “del valle” y “de las colinas”.

Sólo el estado moderno posee los recursos para someter los espacios y los pueblos; en el sudeste asiático representa el último gran esfuerzo para integrar a la gente, la tierra y los recursos de la periferia y convertirlos en contribuidores del producto nacional bruto. El estado puede llamarlo “dearrollo”, “progreso económico”, “alfabetización” o “integración social”, pero el objetivo real es convertirlos en impunibles y evaluables, hacer que sirvan al estado.

De acuerdo con Scott, las gentes de las montañas no serían simples vestigios de nuestro pasado primitivo, sino enclaves “fugitivos” del control del estado y los imperios, los últimos refugios para quienes huían de los impuestos, la religión estatal, el reclutamiento forzoso o las epidemias asociadas al monocultivo. En las montañas del sudeste asiático situadas a más de 500 metros no se practica una agricultura sedentaria, no se habla sánscrito, ni se sigue el budismo típico del imperio. Lo que es más importante, las gentes de las montañas huían voluntariamente, en muchos casos, de la “civilización”. En ocasiones, como quizás podría representar el muro de Adriano, las fortificaciones “civilizadas” servirían para bloquear las migraciones bárbaras atraídas por las ventajas de la ciudadanía. Pero en otras ocasiones, los muros levantados muy bien podrían servir para evitar el tránsito inverso:

Tales montañas también ayudaron a hacer de Zomia una región de refugio. Lejos de ser “dejadas atrás” por los valles el progreso de la civilización de los valles, la gente de las colinas han escogido emplazarse ellos mismos fuera del alcance del estado, encontrando la libertad de los impuestos, el trabajo forzado, el reclutamiento y las epidemias y las malas cosechas asociadas con la concentración de población y el mocultivo. Han practicado la “agricultura de escape” (escape agriculture): un cultivo diseñado para frustrar la apropiación del estado. Incluso su estructura social puede llamarse “estructura social de escape” en su diseño para facilitar la dispersión, la autonomía y la evitación de la subordinación. Las gentes de las colinas por lo general no son residuos de pueblos aborígenes, sino “fugitivos” de la construcción del estado en las tierras bajas.

Las citas textuales y el mapa pertenece a este artículo publicado en el boletín de noticias del International Institute for Asian Studies. También es muy interesante completar este comentario viendo la conferencia impartida por el smismo Scott en la universidad de Cornell.

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